El 22 de marzo celebramos el Día Mundial del Agua, proclamado en 1992 por la Organización de las Naciones Unidas (ONU). El objetivo de esta efeméride es generar conciencia sobre los 2.000 millones de personas en todo el mundo que no tienen acceso a agua potable, además de sensibilizar acerca de la necesidad de buscar medidas para alcanzar el sexto de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible planificados por la ONU: garantizar la disponibilidad de agua y su gestión sostenible y el saneamiento para todos.
Este año, Naciones Unidas pone el foco en las aguas subterráneas, bajo el lema “Aguas subterráneas, hacer visible lo invisible”. Son aguas que “no se ven” porque fluyen bajo tierra, en los acuíferos, pero constituyen un recurso biológico fundamental porque alimentan ríos, manantiales, lagos y humedales y porque suponen la base del suministro de agua potable. Además, las aguas subterráneas son determinantes para el buen funcionamiento de los ecosistemas y constituyen casi la única fuente de agua de las zonas más áridas del planeta.
Según la ONU, una gran parte del agua utilizada para consumo, sistemas de saneamiento, agricultura, industria y producción de alimentos y labores industriales procede directamente de aguas subterráneas y en torno al 40 % del agua empleada para el riego proviene de acuíferos. Por otro lado, casi toda el agua dulce en estado líquido del planeta (que comprende solo el 2,5 % del total de agua de la Tierra) es subterránea, por lo que la vida no sería posible sin las aguas subterráneas.
Para Naciones Unidas, las masas de agua dulce, y en especial las aguas subterráneas, desempeñarán un papel fundamental en la adaptación al cambio climático, de ahí que sea crucial preservar su buen estado. En esa línea, el Informe de políticas de ONU-AGUA sobre el Cambio Climático y el Agua alerta de que el agua dulce en general está amenazada por la crisis climática mundial, que agudiza las condiciones existentes y dificulta cada vez más la gestión y la proyección de la disponibilidad y calidad del agua en el futuro. El cambio climático aumenta la frecuencia de fenómenos atmosféricos extremos como inundaciones o sequías, afectando negativamente a los ecosistemas de agua dulce ya que altera los flujos fluviales y la calidad del agua potable.
En el caso concreto de las aguas subterráneas, la ONU alerta de que también sufren la amenaza de la sobreexplotación, que se produce cuando se extrae más agua de los acuíferos de la que se recarga con la lluvia y la nieve. Las consecuencias de dicha sobreexplotación son la inestabilidad del suelo, la intrusión de agua marina bajo tierra en zonas costeras y, si se perpetúa el problema, incluso el agotamiento del recurso. Finalmente, Naciones Unidas llama a abordar el problema de la contaminación, consecuencia del incremento de las actividades agrícolas, la urbanización y el crecimiento demográfico, además del cambio climático.
La Fundación Biodiversidad del Ministerio para la Transición Ecológica y Reto Demográfico (MITECO) trabaja en proyectos vinculados al uso sostenible de las masas de agua y la restauración de sus ecosistemas. A través de sus convocatorias de ayudas, se han llevado a cabo diversas actuaciones en este sentido, como la evaluación de medidas de adaptación de la gestión del agua y la planificación hidrológica para mitigar los efectos del cambio climático. También se han desarrollado acciones encaminadas al conocimiento y la protección de ecosistemas acuáticos, orientadas en muchos casos a la conservación o la recuperación de poblaciones de especies concretas como el cavilat (Cottus hispaniolensis), un tipo de pez declarado en peligro de extinción.
En lo que respecta a los acuíferos, algunas iniciativas han contribuido a mejorar el estado de los mismos en un contexto de cambio climático y a evaluar los riesgos asociados a los cambios en los regímenes hidrológicos y a la disponibilidad de agua en los acuíferos para el abastecimiento urbano y el regadío. Los proyectos también han abordado los riesgos derivados del incremento en las necesidades de riego y su efecto en la producción agrícola, las consecuencias en la producción hidroeléctrica y las amenazas sobre los ecosistemas en relación a los caudales ecológicos de los ríos y los aportes de agua a los humedales.